Quiero jugar contigo.

-¡Paco! ¡Ven!

Levanté la cabeza en cuanto oí mi nombre. Estaba echándome una siesta en mi camita; estaba súper a gusto, pero si el amo me llama yo voy corriendo porque casi siempre me regala unas caricias. Su nombre es Fran y le quiero muchísimo. Me gusta tanto cuando me pasa la palma de la mano entre las orejas. Abro mucho los ojos, giro la cabeza y sonrío bajo mi hocico sacando un poco la lengua. No hay nada que me guste más. Bueno, sí, cuando me tumbo boca arriba y me rasca la barriga. ¡Guau!, me muero del placer, estaría así todo el día.

Todavía soy un cachorro y Fran me está educando, todo lo que sé lo aprendí de él. El pobre tiene mucha paciencia porque yo soy muy rebelde y no siempre hago lo que me manda. Pero, en general, suelo portarme bien y cumplir casi todas sus órdenes porque tampoco me gusta que me regañe. Cuando se enfada no me quiere a su lado y odio eso, para mí ese es el peor de todos los castigos. 

Llevo un collar de cuero negro con mi nombre grabado en una chapa plateada. Me lo ha regalado el amo. Este collar es súper importante para mí; en él engancha la cadena para pasearme y significa que yo le pertenezco. Me siento seguro porque él tiene el control. Cuando estoy con Fran no tengo que preocuparme de nada; puedo ser yo mismo y hacer lo que me dé la gana. Si hago algo mal me corrige y me enseña cómo hacer la cosas bien. Y luego están los premios, ¡ay los premios! Yo sé que es un poco chantaje, pero es que haría lo que fuera por conseguirlos. Se me hace la boca agua sólo de pensarlo. ¡Qué ricos, por favor! 

Tengo un montón de juguetes aunque definitivamente mi favorito es el nudo de hilos de colores con forma de hueso. Cuando Fran lo tiene en las manos fijo mi mirada en él y no hay nada que me importe más en ese momento. Todo mi mundo es ese nudo. Lo veo elevarse en la mano del amo y mis pulsaciones se ponen a mil. A veces intenta engañarme haciendo como que lo lanza. Se cree que soy tonto. ¡Yo me doy cuenta de todo! Cuando el nudo sale disparado por el aire echo a correr a toda velocidad en su misma dirección intentando adivinar dónde va a caer. Muchas veces hasta lo pillo en el aire. Es mi presa, grrrrr. Lo muerdo, a veces con rabia, y se lo llevo para empezar otra vez. Nunca me canso de este juego, ¡es taaaaaan divertido y relajante!, todo el mundo debería probarlo alguna vez. 

Hago todo lo que puedo por animar a Fran y que sea feliz. No está en su mejor momento y sé que los ratos que pasa conmigo le relajan, por eso me gusta tanto jugar con él. Tiene un marido que también le quiere mucho. Llevan un montón de años juntos pero ya no tienen sexo y eso le agobia. No quiere separarse de él porque se tienen mucho cariño. A los humanos les pasa eso, se cansan de tener sexo unos con otros, quieren variedad. A mí no me pasa porque el sexo no me interesa nada, y estoy tan contento. Prefiero mil veces más las caricias y los juegos. 

Los sábados viene mi amiga Lucy con su dueño, Pedro. A las cinco de la tarde ya estoy nervioso porque sé que están al llegar. Nunca voy a la puerta a recibirles, siempre les espero en el jardín. Nada más oír el timbre tengo que ladrar, no puedo contener las ganas de jugar con Lucy. Siempre tardan un poco en salir. En cuanto les veo aparecer muevo mucho el rabo, empiezo a girar sobre mí mismo y luego voy a olisquear a Lucy. Los humanos nunca hacen eso de olerse unos a otros. ¡No saben los placeres que se pierden! Lucy es una perra genial, sabe mucho más que yo y me enseña muchas cosas mientras Pedro y Fran hablan de sus problemas. La gente piensa que como no hablamos no podemos entendernos solo ladrando pero yo pillo todo lo que me quiere decir. 

Los vecinos de al lado, María Dolores y Juan Antonio, son gente rara. Yo no les gusto nada; me lo ha contado Isabelita, que es su hija. A ella sí le gusto y algunas tardes viene a jugar conmigo, a escondidas de sus padres, por supuesto, porque no la dejarían venir si lo supiesen. Dice que lo que les pasa es que tienen miedo y yo no entiendo por qué. Siempre que les oigo tras la valla del jardín les ladro sin parar. Fran me riñe pero me da igual. Como un día tenga la oportunidad les voy a dejar un “regalito” en su puerta. Se van a enterar.

Fran no me saca de paseo porque dice que en el vecindario odian a los perros como yo. ☹ Así que sólo puedo jugar dentro de casa y en el jardín donde nadie me ve. Un día salimos de madrugada, creo que Fran estaba borracho y le convencí para que me sacara. No había nadie pero daba igual, tenía muchísimo espacio y cosas nuevas para mí. ¡Qué sensación de libertad! Fue increíble. ¿Por qué no les gusto? ¿Por qué me tienen miedo? Ojalá supieran que soy un perro muy simpático y sociable. Lo único que quiero es salir a la calle para olerlo todo y estar con gente para que me den carantoñas.

Quitando este detalle, se podría decir que soy mega feliz siendo un perro;  mi vida es sencilla y sin preocupaciones. Todo es genial hasta que llega el peor momento del día, que es cuando tengo que volver a la posición erguida, quitarme la máscara, las patas, el rabo y el collar y ser de nuevo Paco, el marido, con todos los problemas y responsabilidades. Desde entonces cuento las horas que me quedan para volver a ser perro y que Fran juegue conmigo.